Olía a lluvia, la brisa se limitaba a rozar mi
piel. Era fría, fría como todas las maneras que siempre sonreía. La nube estaba
sobre mi cabeza era negra y mientras trataba de perderle escuchaba la melodía
que de ella nacía. No lo pude evitar y la comencé a tararear. Eran
palabras ajenas a mí, pero sin embargo se sentía como que fueran mías. Si
ellos me vieran y les contara como una nube me recita melancolía sólo para
despejar mi día, sólo para recordarme que la miseria puede ser un don o la
perdición de cualquier amor, comenzarían con sus burlas altivas y su
falsa manera de vivir la vida.
Patee una piedra con la ilusión de
desaparecer, con el motivo de no querer volver. La lluvia empezaba a
caer, mojaba mi cabello, comencé a saborear el placer de él. Todo lo que
viene de arriba es todo lo que tuve y lo deje ir, todo lo que fui incapaz de
retener. Antes solía volar por los aires ahora suelo ver mis alas negras
llenas de cenizas.
Pero te encontré sentado, de tu cabello
brotaban gotas. Ese cabello oscuro que podía esconder las ventanas de tu
alma. Esferas de color verde que tanto amaba. En el momento que te
toque deje ser inmortal para volverme un ser destinado a sentir, frágil de
lastimar y tú te convertiste en la fuente de mi debilidad. Soy mortal y capaz
de matar, tú el asesino de esa realidad.
Desde ese día la lluvia tiene otro sentido.
Enamorarse es el riesgo de vivir sin mucho sentido, hiendo a la deriva de
tus latidos sin miedo a lo desconocido.
Pequeña gota de incomodidad hoy tenemos un
nivel más allá de la intimidad.

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